¡Cochino!

Mi primer impulso al recibir la noticia del fallecimiento de Fidel Castro fue llamar a la Pirotecnia Morís para encargar unos voladores y avisar de forma estruendosa a mis “abuelitos de Cuba”, allá en el cielo, que el barbudo había muerto. Bastaron unos minutos de reflexión para reprimir el impulso visceral y descartar la sesión de “cohetes” desde el monte Fuxa. A fin de cuentas, los cohetes se usan para festejar. En este caso no hay nada que festejar. Por el contrario, hay muchos recuerdos que me arrastran a la tristeza y situaciones surgidas a raíz de la muerte de Castro que me llevan a la indignación.

En mi niñez fui poco consciente del mal que Castro había generado en mi familia materna. Mis abuelos habían salido ya de Cuba y vivían, tras seis largos años separados, al lado de sus hijas. Manolo y Angelina colocaban cada noche una mesa de playa y dos sillas en el salón, frente al televisor, para cenar mientras veían el telediario.  En cuanto las noticias viajaban a la isla y aparecía en pantalla el tirano, mi abuelo se levantaba del asiento como si un muelle le impulsara hacia la televisión, le daba al botón de apagado y expelía con desprecio hacia la pantalla: ¡COCHINO! Poco a poco fui siendo consciente de por qué en el comportamiento de mi abuelo se había generado el odio hacia ese personaje barbudo que aparecía en la televisión vestido con uniforme militar. Aquel militar les hurtó, como a miles de familias de la acomodada clase media cubana, todas sus propiedades. El resultado de muchos años de honrado trabajo y ahorro. El cerdo al que se dirigía por televisión mi “abuelito de Cuba” fusiló sin contemplaciones a todos sus enemigos, hizo exiliarse a millones de cubanos horrorizados por la falta de libertad en el país e instauró en la empobrecida sociedad cubana el miedo como eficacísima herramienta al servicio del estado comunista que así reprimía, a través de una interminable red de chivatos del régimen, cualquier intento de la disidencia para reinstaurar la libertad en el país.

Así es que el pasado sábado renuncié por dos motivos a tirar voladores. En primer lugar, entristecido mientras las imágenes de mis abuelos, resignados a su suerte tras la llegada al poder del comunismo, se agolpaban en mi memoria. Pero sin duda el sentimiento que más se manifestó en mi ánimo fue la indignación. Me resulta nauseabundo la doble vara de medir que una gran parte de los medios de comunicación de mi país y, lo que es todavía peor, la mayoría de los políticos que nos representan en el Parlamento, utilizan para juzgar a un dictador, dependiendo de si éste es de izquierdas o derechas.  Cuánto sectarismo en todos los que ahora se refieren al sátrapa de Castro como un “líder guerrillero”, un “referente político de nuestra época”, un “Jefe de Gobierno carismático” y no sé cuántos eufemismos más. Todo por no llamarlo por su nombre: DICTADOR. Un dictador que ha masacrado a su pueblo, ha provocado el exilio de casi tres millones de cubanos, ha encarcelado a miles de opositores y ha empobrecido Cuba hasta límites insospechados.

2016-11-30

La tarde del ocho de enero de 1959, mi madre y su hermana corrían presurosas hacia el apartamento de unos parientes para cambiarse de ropa y acompañar a la muchedumbre que esperaba en las calles de La Habana el paso de Fidel Castro y sus guerrilleros. Fidel había pedido a sus seguidores que les recibieran con júbilo, ataviados con los colores del “Movimiento 26 de Julio”, para celebrar juntos la victoria de la Revolución. Se vistieron de negro y rojo, lejos de la vista de sus padres y abuelos, quienes ya antes de que triunfara la revolución, sospechaban que Fidel y los suyos, nada bueno traerían a la sociedad cubana.  Lourdes y Berta, como tantísimos otros cubanos, jóvenes y no tan jóvenes, que corrían enardecidos al lado de la comitiva, veían en la victoria de Castro, la llegada de la libertad y el final del terror que imperaba en Cuba bajo el gobierno totalitario del General Batista. Como tantos otros jóvenes universitarios, mi madre Lourdes, se alegraba que la victoria de la Revolución pudiera suponer el fin del terrorismo de estado que ejercía Batista, y la posibilidad de volver a las clases después de tantos meses de ausencia, escapando de los atentados que tanta muerte sembraron entre la población estudiantil. ¡Qué equivocadas estaban mi madre y mi tía…! Lourdes y Berta acudieron a recibir a Fidel Castro, al Che Guevara, a Camilo Cienfuegos y a todo su ejército de guerrilleros, de forma voluntaria, entusiasmadas, felices e ilusionadas por el futuro esperanzador que se abría para Cuba. Pocos meses más tarde, abandonaban con lo puesto el país, convertido ya en un férreo estado comunista, donde pronto desapareció la libertad, la justicia y la prosperidad. Si mi madre y su hermana acudieron voluntariamente a la llamada de los victoriosos revolucionarios que llegaban a La Habana, hoy, después de 58 años de tiranía, los cubanos que despiden a Castro lo hacen obligados y con miedo. Los más viejos, con miedo a las nefastas consecuencias que tendría el no responder a la llamada de los comisarios políticos del régimen para despedir a su líder. Los más jóvenes bien aleccionados por el estado comunista y sin ninguna conciencia de lo que supone vivir en libertad.

Así que me alegro de haber rechazado el impulso que me empujó en un primer momento a celebrar con cohetes la muerte de Fidel Castro. Más vale que mis “abuelitos de Cuba” sigan descansando en paz y les evite la contemplación del bochornoso espectáculo que está suponiendo la despedida del dictador.

 

Carlos-M. Prendes García-Barrosa

 

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