En torno a la estética del Piragüismo

La búsqueda  de la felicidad nos tiene ocupados de por vida.  La práctica deportiva nos sirve a muchos para intentar conseguir “moderadamente” este anhelo. Las motivaciones para practicar deporte son muy diversas. La principal, indudablemente, es el deseo de cumplir objetivos, de mejorar el rendimiento paso a paso, competición a competición, temporada a temporada. No podemos ignorar otras motivaciones que impulsan a la práctica deportiva: la búsqueda del éxito,  la necesidad de mejorar nuestra salud, el deseo de incrementar nuestro nivel de condición física o el gusto por perfeccionar nuestra fisonomía.

También encontramos motivos para ser felices descubriendo la belleza a través del deporte.  Todos recordamos momentos estelares en la historia del deporte, grabados para siempre en nuestra memoria a través de imágenes realmente hermosas: las luchas entre Perico Delgado y Claudio Chiappucci en las etapas montañosas del Tour de France, las interminables piruetas de Nadia Comaneci o Mary Lou Retton en la competición gimnástica de los JJOO, los amplísimos recobros aéreos de brazos de Michael Gross mientras nadaba mariposa en la pileta de natación, la gracilidad y perfecta coordinación de movimientos en la carrera de Carl Lewis sobre el tartán, etc.  A los piragüistas de mi generación nos dejaba “embobados” contemplar el “porte” y la elegante forma de palear de Herminio Menéndez.

Ya en la Grecia clásica, los Juegos Olímpicos, además de servir a espartanos y atenienses para tomarse un respiro en sus interminables guerras cuando se establecía la tregua sagrada, tenían un componente estético importante. Las distintas pruebas deportivas dilucidaban quienes eran los campeones, a los que se colocaba la corona de olivo que les distinguía como tales. Los antiguos griegos honraban a los campeones a la vez que disfrutaban de la belleza de los hermosos  cuerpos de sus atletas, la armonía de sus movimientos y el disfrute de las competiciones en recintos singulares enmarcados en el entorno natural.

El que yo acabara sintiendo una atracción especial por el  Piragüismo fue un proceso lento, con altibajos. Tengo que reconocer que, sin que fuera empresa fácil, dado el denodado empeño de mi padre por engancharme a la piragua en mi tierna infancia, intenté varias veces abandonar la empresa. Sin saber todavía nadar muy bien, me producía pavor el cruzar de lado a lado la presa del pantano de Trasona con más que evidentes dificultades para mantener el equilibrio en la piragua de turno (lo del chaleco obligatorio  para los benjamines y alevines, no existía de aquella). Cuando paleaba hacia la otra orilla del embalse se me pasaban por la cabeza imágenes terribles que terminaban a veces conmigo  siendo arrastrado por el chorro enorme que escupía la presa hacia la acería ENSIDESA. Por aquel entonces los alevines usábamos las peores piraguas de la flota de Los Gorilas. Sin ninguna seguridad de que estuviera colocado en el justo centro, el asiento se “sujetaba” a la embarcación colocando una esponja húmeda entre éste y el casco de la embarcación. De haber reposapiés, muy probablemente no lo alcanzábamos con los pies. Que el “timón de cola” fuera recto, ya era mucho pedir. Así que, con este panorama, lo de evitar un vuelco tras otro era, para un principiante, una empresa bien complicada, más aun cuando no dejabas de “temblar” por el miedo que te ocasionaba el pensar que podías acabar “afogao” en el intento…

 

Cuando ya empezaba a cogerle “gustillo” a aquello de desplazarme con mi piragua por las orillas del embalse, aparecieron los amigos del club Los Gorilas. Tres o cuatro de éstos, influyeron decisivamente en mi vida deportiva. Joaquín Carrera me hizo ver que las victorias, con “elegancia”, con “clase”, eran más victorias. Me enseñó a cuidar mi piragua y mi pala. Me enseñó, en definitiva, a descubrir el lado bello del Piragüismo. A Carrera me unía su especial forma de entender el Piragüismo y la casi devoción (Dios me perdone…) que sentíamos los dos por Serrat. Sin saber exactamente de dónde venía su gusto por la carpintería (sospecho que tiene alguna relación con los famosos carpinteros de ribera gozoniegos) me entusiasmaba verle trabajar con formones y gubias, dando forma a las proas recién reparadas de nuestras piraguas de madera fabricadas por Antonio Cuesta en Ribadesella o nuestras preciosas palas “Wilbur” húngaras.  Para Carrera no era lo mismo entrenar o competir con la pala, ya estuviera ésta impecable o por el contrario “hecha unos zorros”.

Cuando tocaba poner la  pala a punto para el comienzo de otra temporada, Carrera tenía un protocolo de actuación perfectamente definido para dejar ésta lista para competir de nuevo. El primer paso era arreglar las posibles “grietas” en la madera. Con enorme habilidad y cuidado, y con la ayuda de un pequeño formón muy bien afilado, dejaba al descubierto toda la extensión de la “herida” en la madera para después rellenar el hueco con resina de epoxi. Una vez culminada la reparación de las grietas, el siguiente paso era  el lijado del antiguo barniz. Había que tener cuidado para no llevarse más que el barniz, sin alcanzar la madera ni desfigurar los bordes de las hojas. A continuación, tocaba limpiar bien la madera para que no quedara ni una mota de polvo. Antes de barnizar la pala había que escoger el barniz y la brocha adecuada. Recuerdo que a mi “maestro” le gustaba un barniz que se llamaba “International” porque el brillo y el aspecto que se conseguía al final del proceso en la pala, no era igualado por ninguna otra marca. En el caso de la brocha, se trataba de escoger una que no soltara ni un pelo que afeara el barnizado. La primera capa de barniz era más “gruesa” que las que se darían posteriormente. Para el secado colgábamos las palas verticalmente con un “sedal” de pescar anudado alrededor del punto donde se unía la pértiga con una de las  hojas. Tras el secado de esta primera capa, se volvía  a lijar la pala entera, esta vez, apenas una “pasada”  con una  lija de agua muy fina. Para completar la faena, se aplicaban una o dos capas más de barniz, “estirándolas” muy bien. Completado el secado, nadie se atrevía a discutir que la pala de Carrera era la más guapa, la mejor cuidada. Con mi amigo se cumplía, indudablemente, el dicho popular de que “las cosas bien hechas, bien parecen”.

Nuestra atracción por la hermosa pala “Wilbur” de madera, llegaba a rozar el “fetichismo”. Carrera “montaba en cólera” cuando en los viajes a las competiciones, al descargar el material de la furgoneta o el autobús, su pala, a pesar de ir impecablemente enfundada, no era tratada con el debido cuidado. Nos decía Joaquín a las “jóvenes promesas” del club: “a la pala hay que cuidarla como a la moza, siempre agarrada cerca de uno y ay de aquel que se atreva a meterle mano”.

                                                                Carlos-M. Prendes Gª-Barrosa

Acerca de cime1234

Sprint Head Coach Belgium Flatwater Canoeing National Team Presidente del Club Piraguas Los Gorilas de Candás https://cime1234.wordpress.com/ cime1234@hotmail.com
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