El arce canadiense de Montreal 1976

La participación de mi padre, Amando Prendes, en los JJOO de Montreal 1976 como integrante del cuerpo técnico del equipo olímpico español, supuso el summum de su carrera deportiva como entrenador de Piragüismo. Por aquel entonces mi padre ejercía de entrenador auxiliar de Eduardo Herrero, quien había revolucionado la metodología del entrenamiento del Piragüismo en el Equipo Nacional Español.  El impacto de esta experiencia olímpica fue definitivo para el resto de su vida. Se sentía enormemente orgulloso de haber representado a España, al Piragüismo, a su pueblo y a su club, Los Gorilas de Candás, en la cita olímpica de 1976. La experiencia olímpica, siempre especial y enriquecedora, por el carácter universal y global de la cita, se multiplicó exponencialmente al culminar de forma exitosa para el Piragüismo Español con la consecución de la medalla de plata por la tripulación del K-4 1.000m masculino que formaban su pupilo Herminio Menéndez, el maño Celorrio, el ceutí Díaz-Flor y el lucense Misioné. Mi padre no podía caber más en sí de gozo. Nunca hubiera imaginado tanta satisfacción por lo que estaba viviendo, ni perdía la  ocasión de dar gracias a Dios por tantos favores.

A la vuelta de Montreal 1976, su equipaje venía cargado de recuerdos materiales que servirían para mantener frescos por mucho tiempo tantos momentos especiales vividos en los JJOO. Había uno que tenía un significado y valor especial para él. El comité organizador de los JJOO de Montreal 1976 regaló a todos los participantes un plantón de arce, árbol simbólico para los canadienses y cuya hoja de once puntas aparece en la bandera del país, recordando el estrecho vínculo de Canadá con la naturaleza. Mi padre trazó un plan para que aquel renuevo sirviera por mucho tiempo como recuerdo indeleble de su experiencia olímpica, a su regreso a España. No sé cómo se las arregló para que el plantón diminuto llegara vivo a Candás, pero lo logró. El arce prosperó muy lentamente en el jardín de la casa de mis abuelos. En realidad, nadie daba un duro por que aquella mata endeble lograra prosperar definitivamente. El aspecto del arce no invitaba a pensar en un final feliz para el objetivo que se había trazado mi padre. A pesar de los negativos presagios de la mayoría, mi padre se afanaba en regarlo y cuidarlo como mejor podía y sabía (más bien poco, era lo que sabía de jardinería y botánica).  La remodelación urbanística de la finca donde vivían mis abuelos parecía ser el final de aquel proyecto. Mi padre se negó a que le llegara el final a su arce canadiense y lo trasplantó a otro pequeño jardín que decoraba los apartamentos en donde vivía por entonces. El cuidado y mimo que le dedicó al arce tuvo su recompensa. El árbol creció, se hizo más y más robusto y frondoso, permitiendo a mi padre revivir los maravillosos momentos vividos en Montreal 1976 cada vez que lo observaba frente a su ventana. No dudo de que antes de su partida hubiera convencido a alguno de mis hermanos para que velaran por una larga vida para su arce canadiense,  recuerdo vivo de los JJOO de Montreal 1976.

Carlos-M. Prendes García-Barrosa

Genk, 25 de febrero de 2026

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