La elección del Papa León XIV me brindó la oportunidad de recordar a mi padre en el decimocuarto aniversario de su muerte. El día de su elección como Papa, León XIV saludó a los fieles congregados en la plaza del Vaticano del siguiente modo: “Soy hijo de San Agustín. Soy Agustino”.
Una de las normas principales que rigen la vida de los Agustinos es su trabajo apostólico para el bien de la Iglesia y la sociedad. Los Agustinos entregan su vida a la educación, el cuidado de la salud y el fomento de las causas sociales. Aunque la expresión resulte un tanto pedante, y sin pretender igualar la proclama del Papa desde el balcón del Vaticano, yo también soy hijo de San Agustín, porque mis padres se educaron con los Agustinos en etapas definitivas de su juventud.
Cuanto más envejezco, más consciente soy de la fortuna que he tenido con mis padres. Mi personalidad se cimentó a través de la educación que recibí, fundamentalmente, de mis padres. Tanto uno como la otra tuvieron etapas de su formación influidas por los Agustinos. Mi madre estudiaba Psicología en la Universidad Católica Santo Tomás de Villanueba, fundada por los Agustinos en La Habana, hasta que llegó el Comandante y mandó expulsar a los Agustinos de Cuba. Mi padre estudió algunos años en un internado de los Agustinos en León.
A mi padre se le recuerda como educador tanto o más que como entrenador. Son varias las ocasiones en las que mi padre me contó cómo sintió la pulsión de servir a los demás a través de la educación por el deporte. Sintió que Dios le encomendaba la misión de educar a los jóvenes. Sin que él me lo hubiera relatado así, tengo claro que las enseñanzas, meditaciones, oraciones y retiros espirituales con los Agustinos le hicieron llegar al convencimiento de que esa era su misión en la vida.
Es muy frecuente la experiencia de saludar, tras mucho tiempo sin vernos, a algún pupilo de mi padre que rápidamente me agradece lo que él le ayudó en la vida. Incluso aquellos que llegaron a saborear él éxito en el alto rendimiento deportivo con su ayuda, se refieren primero a lo que les ayudó en la vida. Lo que les ayudó a ser buenas personas, buenos padres, buenos amigos o buenos profesionales en sus obligaciones laborales.
Mi padre era una persona muy exigente consigo mismo. El cumplimiento del sentido del deber era una máxima irrenunciable. Así que sin renunciar a sus obligaciones familiares, laborales y técnicas en Los Gorilas, siempre dedicaba tiempo, también, a educar, ayudar, consolar, animar o cumplimentar a los demás. Mi padre tenía claro el camino para ser una persona de provecho, honrada y feliz.
Muchos son los escenarios y momentos que recuerdo de mi padre ejerciendo de maestro. En los años 70 recuerdo que reunía a sus deportistas y compañeros Gorilas, los domingos, tras la comida familiar, en el Café de Braulio. La sobremesa con café era el ambiente propicio para conversar con sus pupilos. Mientras despachaba a sus clientes en la carnicería tomaba notas en recortes del papel de envolver la carne, que luego le servirían de guion para la reunión que precedía el entrenamiento en el gimnasio del muelle. No hacía falta anunciar mucho la reunión. Cuando Amando llegaba al club y situaba el potro de saltos frente a las estanterías de piraguas y su trozo de papel de envolver carne con un montón de notas redactadas con letra de amanuense, la tropa ya sabía que había discurso, arenga, instrucción, felicitación o rapapolvo.
La hora de cierre en la carnicería era otro momento de encuentro de los discípulos con el maestro. Ahí no había convocatoria, pero el aforo siempre estaba completo. Y si la consulta o clase era privada, la conversación o enseñanza se desarrollaba en la trastienda, mientras despiezaba el xato. Las reuniones de la Adoración Nocturna, los últimos en salir del vestuario, los viajes a las regatas, los “crosses” a ritmo aeróbico que permitían hablar sin fatigarse y tantísimas otras situaciones y lugares, fuera y dentro de la palestra que hicieron de Amando Prendes algo bastante más trascendente para la vida de los demás que el humilde paidotribo que solo quería ser.
Carlos M. Prendes García-Barrosa.
Milán, 19 de agosto de 2025.
